Exposiciones

No me quites tu risa

Inauguración: 4 de septiembre de 2019

Galería Elin Luque 

No me quites tu risa
Giorgio Antei

En Mesoamérica, en el periodo Epiclásico, florecieron risas, luego olvidadas durante siglos, que no brotaron por igual en ninguna otra parte del orbe. ¿De qué se reían los moradores de la Mixtequilla? ¿Por qué los alfareros totonacas amoldaron centenares, millares de estatuillas risueñas? No hay respuestas ciertas, tan solo hipótesis más o menos verosímiles. Lo que puede decirse es que en el Viejo Mundo –dejando atrás la Antigüedad– la risa volvió a tener relieve cultural después del año Mil, algunas veces bajo el aspecto de sonrisas hieráticas, otras en forma de carcajadas carnavalescas. Avanzando la Edad Media, en las iglesias de Alemania y Suiza se abrió espacio la "risa pascual", un bullicio irrespetuoso provocado desde los altares por las mofas licenciosas de los curas. Pese a la apariencia sacrílega, el risus paschalis tenía profundas connotaciones sacras, relacionadas ya sea con el júbilo cristiano por la Resurrección o con la celebración pagana del renacer primaveral de la naturaleza. A través de un alborozo manifiestamente profano, los congregantes accedían a una dimensión simbólica en donde Muerte y Vida se sucedían incesantemente gracias al Sacrificio. "Este es el día que hizo nuestro Señor, exultemos, pues, y alegrémonos", reza el gradual pascual benedictino, y de hecho los feligreses alemanes, empujados por los sacerdotes, se regocijaban, deshaciéndose en carcajadas. La risa expresaba la valoración del sacrificio en cuanto instrumento propiciatorio de la continuidad de la vida: ¿Por qué, entonces, los padres de la Iglesia no hablaron de la risa de Cristo? "Un bel morir tutta la vita honora", dice Petrarca: ¿Por qué, entonces, no morir riéndose? Entre el risus paschalis y las risas totonacas no faltan las analogías. En efecto todo indica que también estas brotan de la tensión dialéctica inmolación-regeneración. Dentro del sistema religioso mesoamericano, los sacrificios humanos eran eventos coadyuvantes insustituibles, ya que de ellos dependía en gran medida la perpetuación del ciclo natural: eventos atroces y sin embargo tan beneficiosos que las víctimas encaraban la muerte riéndose.

Como ya se ha dicho, los pequeños personajes que colman estas páginas provienen de la Mixtequilla, una comarca situada en el estado mexicano de Veracruz, y se remontan a los siglos VI-IX d.C. Massimo Listri pudo fotografiarlas gracias a un permiso especial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, al cabo de un viaje digno de un explorador de otros tiempos. Listri ha madurado una amplia experiencia como "retratista" de esculturas, con servicios famosos como aquellos dedicados a las "cabezas caracteriales" de Franz Xaver Messerschmidt y a los bustos marmóreos del Museo Gregoriano Profano. Su acercamiento a la escultura no es convencionalmente fotográfico sino "autoral", en el sentido de que establece con las estatuas un "lazo de confianza": es así, precisamente, como logra captar el "concepto" que el escultor les infundió.
 

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